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Colonial · Evangelización

Lazarillo de Tormes

Anónimo · 1554

Lazarillo de Tormes

El simbolismo del agua en Lazarillo de Tormes: supervivencia, renovación y resignación del protagonista

Por Christian Ricardo Santos

Escritor láser // listo

A lo largo de la historia de la literatura, el agua ha sido símbolo de vida, limpieza, transformación y, en muchos casos, también de lucha. En la novela anónima Lazarillo de Tormes, el agua no es solo un elemento del entorno, sino un símbolo que acompaña al protagonista desde su nacimiento hasta su aceptación final de una vida marginal. Este símbolo va evolucionando con el personaje, reflejando sus cambios físicos, emocionales y sociales. Desde el río Tormes, donde nace, las lluvias que lo mojan durante sus momentos de sufrimiento, a cuando lo encontramos compartiendo jarros de agua con su amo el escudero y hasta su trabajo como aguador, el agua aparece en momentos clave como marca de transición y de supervivencia.

Al inicio, el agua del río Tormes representa una fuente de vida, como se muestra en el nacimiento de Lázaro. El agua es un símbolo que desde el primer momento une su identidad con lo natural, lo cambiante y lo incierto. Luego, en el primer tratado, el símbolo se transforma cuando el ciego lo hace golpearse contra un pilar al intentar cruzar un arroyo. Allí, el agua del arroyo simboliza los obstáculos que debe superar para sobrevivir porque igual como el arroyo está a su lado físicamente, estarán desafíos provocados por la sociedad junto a la corriente que es su vida, y la lluvia que cae en esa escena actúa como una forma de purificación tras la pérdida de su inocencia. Más adelante, en el tercer tratado, cuando Lázaro por fin come y duerme con su amo el escudero, dice: “Bebimos (agua), y muy contentos nos fuimos a dormir, como la noche pasada” (78). Esta escena, aparentemente sencilla, refleja el valor del agua como símbolo de alivio temporal y consuelo, en medio del hambre y la pobreza. En el transcurso de la obra, cuando Lázaro se convierte en aguador, el agua vuelve a aparecer, pero esta vez como herramienta de trabajo. Ya no representa solo renovación, sino también resignación silenciosa, porque, aunque logra algo de estabilidad económica, su posición social no cambia mucho. Así, el agua en Lazarillo de Tormes está profundamente ligada a los tres árboles centrales de su vida: la supervivencia, la renovación, y la resignación, elementos que reflejan la dureza de la vida para un niño pobre en una sociedad rígida y desigual. A través del uso de este símbolo acuático, el autor anónimo construye un retrato realista pero simbólicamente poderoso de la condición humana bajo presión social y económica.

El nacimiento de Lázaro en el río Tormes no solo marca el inicio literal de su vida en desventaja social, sino que también tiene un profundo valor simbólico que define toda la obra. Como él mismo narra en la página 37: “Mi nacimiento fue dentro del río Tormes, por lo cual causa tomé el sobrenombre”, y entonces lo que muestra aquí es que su identidad está ligada a un elemento natural y cambiante: el río. Esta fuente de vida, que ha colocado al protagonista dentro la obra, es un componente de muchas alusiones acuáticas y para comenzar la novela picaresca representa la inestabilidad y fluidez que seguirá con Lázaro. Al igual que las aguas que nunca permanecen quietas, la vida de este estará marcada por el cambio constante. Por ejemplo, comenzando con el cambio de padre. En el primer tratado indica el autor anónimo que el padre de Lázaro, Tomé González, fue acusado y castigado de robo y muere en una batalla. El primer cambio monumental que experimenta el mozo es de perder su padre y obtener padrastro. En esta primera novela picaresca de la literatura española vemos para el protagonista cambio de amos, de lugares, y de estrategias de supervivencia. Además, como señala Souad R., otro componente es que el autor “se borró voluntariamente” para darle toda la fuerza al personaje-narrador quien con su voz en primera persona parece tener una vida propia, separada de la tradición literaria (275). Este uso del “yo” narrativo refuerza la credibilidad del relato y convierte al río no solo en símbolo de nacimiento físico, sino también en el origen de una voz narrativa que fluye con naturalidad entre lo real y lo engañoso.

El episodio del ciego y el arroyo es uno de los más importantes del primer tratado porque muestra el momento en que Lázaro, aún un mozo, empieza a aprender de sobrevivir con astucia en un mundo lleno de retos. En la escena, el ciego le dice al mozo que salte sobre un arroyo, pero en realidad lo hace que se golpe contra un pilar, parecido a un toro. Estos actos de maltrato y humillación hacen que se borre la inocencia infantil de Lázaro y despierta la astucia. Se puede decir que “nace de nuevo” como pícaro, porque aprende que en la vida no puede ser ingenuo. El agua del arroyo representa las pruebas y obstáculos que tiene que enfrentar para adaptarse. Además, la lluvia que cae durante la escena puede entenderse como un tipo de purificación porque es como si el sufrimiento se lavara y empezara una nueva etapa en la vida de Lázaro. Sin embargo, también se puede razonar como renovación para el protagonista que ha perdido su inocencia y ahora quiere vengarse de los malhechos que experimentó con el ciego utilizando su picardía para engañar a su primer amo y dejarlo medio muerto sin importancia. Según Julia Domínguez, este episodio ocurre en un espacio muy legible y nítido, con detalles claros que permiten al lector crear una imagen mental fuerte, como el toro de piedra, el puente y el golpe. Por eso, se siente como un momento muy real y formativo. Por último, este episodio muestra el dolor y crecimiento del aprendizaje que al mismo tiempo va fluyendo como el arroyo a lado de la escena.

Cuando Lázaro se convierte en aguador en el sexto tratado, empieza a cambiar su situación económica, pero no su posición social. Dice: “asenté con un capellán, el cual me puso en poder un buen asno y cuatro cántaros, y un azote, y comencé a echar agua por la ciudad”, mostrando que tiene un oficio fijo por primera vez (101). Este oficio representa una forma de purificación simbólica, no solo porque reparte agua, sino porque inicia un cambio en su vida, con más control y menos sufrimiento. Como explica Domínguez, Lázaro no describe en absoluto sus recorridos como aguador, a diferencia de los tratados anteriores, especialmente el tercero, donde narra con detalle sus experiencias con el escudero. Domínguez escribe que este momento se presenta solo como “el primer escalón que yo subí para venir a alcanzar buena vida”, es decir, como un paso practico hacia una vida más cómoda, pero sin emoción ni conexión con los espacios que recorre (275). Asimismo, lo que señala Souad R., cuando declara que, aunque el tono sigue siendo ligero, la vida de Lázaro es profundamente triste, porque su único logro es adaptarse a una sociedad injusta que no cambia (272). Su silencio sobre estos años revela que esta renovación que ha encontrado el protagonista se ha convertido en resignación, como si no importara ya contar lo que vivió, siempre y cuando pueda decir que ha “progresado”. El símbolo del agua ha sido parte de todo esto proceso, pero ahora ha alcanzado otra etapa en la mente de Lázaro. Finalmente, su renovación, entonces, no lo libera, sino que lo prepara para aceptar su lugar con silencio, usando el agua no como símbolo de esperanza, sino como herramienta de adaptación.

El recorrido de Lázaro a través de los tratados puede entenderse como su propia corriente de agua que fluye entra las varias luchas que experimenta, la transformación y, finalmente, la resignación. Comenzando en su nacimiento en el río Tormes, el agua lo acompaña como símbolo de su origen humilde y su constante desplazamiento. Aquel niño que comienza la historia siendo un “muerto de hambre” que aprende a sobrevivir en un mundo cruel, primero como víctima ingenua, luego como astuto pícaro. En el episodio del arroyo con el ciego, el agua representa el dolor que purifica y despierta la inteligencia. Después, como aguador, el agua parece ser signo de renovación, pero pronto revela otra verdad. El protagonista ha dejado de luchar y ha aceptado su lugar en una sociedad que nunca le ofrecerá verdadera dignidad y honra. La falta de emoción al narrar esta etapa, como analiza Julia Domínguez, muestra cómo su adaptación viene acompañada de silencio y desconexión. A fin de cuentas, el símbolo del agua atraviesa todas las etapas del personaje. Primero esperanza, luego resistencia, y finalmente aceptación. El autor anónimo logra con este recurso pintar un retrato social donde los pobres como Lázaro no escapan del río de la desigualdad, solo aprenden a flotar en él sin hundirse más.

Obra Citada

Domínguez, Julia. “Espacios legibles en La vida del Lazarillo de Tormes: valoración del mapa mental en la psicología cognitiva del pícaro”. Revista de estudios hispánicos (University, Ala.), vol. 45, no 2, 2011, pp. 259-284.

Lazarillo de Tormes. Edición de Francisco Rico, Cátedra, 2011.

Ragala, Souad. “Tradición literaria y realismo en Lazarillo de Tormes.” Estudios Humanísticos. Filología, no. 21, 1999, pp. 271–84, https://doi.org/10.18002/ehf.v0i21.4010.

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